lunes, 3 de diciembre de 2012

Carrasco: un balneario cuenta historias


Carrasco atrajo desde su inicio a los visitantes más impensados en tiempos en los que la globalización era algo de ciencia ficción: un piloto alemán del escuadrón del Barón Rojo, en la primera guerra mundial, que daba clases de natación frente al Hotel Carrasco. Conocía pocas palabras del español por lo que las entreveraba con el italiano. Arocena recordó que les gritaba en esa mezcla a sus alumnos algo que podía ser traducido como “naden como ranas, no como vacas furiosas”. 
 

El primer recuerdo de Pelayo Arocena es un paseo en petiso entre las dunas de la playa Carrasco. El hotel ya se destacaba en un paisaje todavía dominado por los arenales. A comienzos del siglo XX era una pradera a orillas del mar con un único árbol, el Ombú del Manso (a la altura de la actual calle Guarambaré). Arocena ha vivido 83 años de los 100 que cumplió el barrio y tiene memoria hasta de los años que le faltan, transmitida por el hombre que tuvo el sueño de fundar un balneario, su abuelo, Alfredo Arocena. 
Este Arocena sacó la idea en un viaje a la ciudad belga de Ostende. Allí la gente iba a veranear a pesar del agua fría y del canto rodado en la playa. ¿Cómo no iba a querer hacerlo en un paisaje agreste de arenas blancas? Junto a Esteban Elena y José Ordeig concretó ese sueño que se convirtió en el símbolo de la opulencia rioplatense. 
Otro protagonista de la historia que se enamoró del barrio fue el inglés Eugen Millington-Drake, embajador en Montevideo durante la segunda guerra mundial. En agradecimiento a la ciudad, regaló terrenos aledaños al actual Carrasco Lawn Tennis. Y otro inglés, del que Arocena no recordó su nombre, que se hospedaba siempre seis meses en el hotel y pasaba solo tres meses en su tierra natal. Una vez le hizo la pregunta que siempre se le hace al carrasquense adoptivo: ¿por qué Carrasco? Arocena cuenta que no le dijo nada. Volteó su rostro hacia el ventanal del comedor y extendió los brazos hacia el mar.


“El Hotel Casino Carrasco fue el corazón y los pulmones de Carrasco. Fue lo que trajo turistas”, relató Arocena. La Sociedad Balneario de Carrasco SA, conformada por su abuelo y sus socios, vendió la construcción hecha hasta el tercer piso −además de otros terrenos− a la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM) en 1915, cuando las ventas de los predios registraron una disminución por la inseguridad que daba la primera guerra mundial. “Se vendió por el 10% de su valor”, apuntó. El viejo Arocena vivía en un chalé con enredadera enfrente, hoy propiedad de otra familia. 
En su época de apogeo fue uno de los mejores hoteles que hubo en Sudamérica. Tanto que su diseño fue replicado en Toronto. Y eso que en los planos originales se olvidaron de ubicar la cocina y por eso se puso debajo de la terraza, donde se hacían los tés danzantes. “El olor a sopa se mezclaba con el del perfume de las mujeres”, ilustró.  El hotel tenía lo mejor de lo mejor e iba la crème de la crème. 
Allí, Arocena bailó con su primera novia y, de vez en cuando, se colaba a fiestas privadas a las que asistían “señoras de largo, llenas de joyas, y hombres que vestían frac”. Allí se dejaban fortunas enteras en las mesas de ruleta y punto banca. Un jugador empedernido era el tanguero Juan D’Arienzo. Arocena se cansó de bailar en sus espectáculos.
Al bajarse el telón, D’Arienzo iba a una ruleta, previamente seleccionada, y jugaba hasta tener que rascarse los bolsillos por una moneda a los números que no habían sido registrados durante la tarde. “El casino dejaba mucha plata en aquel entonces, hoy las cosas son distintas”, bromeó el nieto del fundador.Arocena vivió tres años en el hotel, lamentablemente en los años de decadencia. “Fui de los últimos en salir cuando lo cerró (Mariano) Arana”, contó. Y aunque  hoy  no  tiene  más  relación que sus recuerdos, lo considera un bien de familia. “Me siento parte”, suspiró.


Otro baile al que asistía la muchachada de Carrasco, “la de allá y la de acá” de la avenida Arocena (en ese entonces Juan Ferreira), una frontera virtual, era la whiskería El Carillón, en el altillo donde hoy está la heladería Las Delicias, en Arocena y Schroeder. “¡Tocaban Panchito Nolé y su padre!”, exclamó. 
La calle Ferreira era una especie de frontera, aunque en ese entonces se cruzaba al otro lado “sin pasaporte y sin permiso”. Si bien Carrasco fue pensado y diseñado para familias ricas de Montevideo, Arocena contó que “lo lindo” era que “todos eran amigos”. El nieto del fundador del balneario jugaba al fútbol con el hijo del dueño de la bicicletería, y con tantos otros que no habían nacido en el seno de una familia privilegiada. 
“Hoy en día se ha instalado la mala costumbre de pensar que si alguien es rico es porque lo robó, o porque estafó, o porque se acomodó. Y no era así. Si alguien era rico era porque se rompió los fundillos del pantalón trabajando al igual que su padre y su abuelo. Era gente honesta y trabajadora”, manifestó. Ese espíritu de superación, a su juicio, fue el que moldeó “el carácter” del barrio.
El recorrido que realizó hizo más que transportarlo a los momentos más añorados. Como las cabalgatas por los médanos, o como cuando aprendió a bailar mambo con Alicia Alonso, figura del American Ballet Theater, en otra boite. “Cada vez hay menos gente que me lo cree”, se rió. 
Ahora vive en Pocitos porque un bastón y un accidente cerebrovascular lo obligaron a mudarse con una hermana y a abandonar las cofradías diarias en en el viejo bar nombrado en honor a su abuelo.

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